jueves, 26 de junio de 2008

La divina tragedia

La semana pasada ocurrió un hecho lamentable en el Distrito Federal. Todos los noticieros, ávidos de información capaz de crear conmoción y alimentar el morbo, fueron como pirañas hambrientas hacia el caso.

La discoteca News Divine fue el objetivo de un operativo para, según dicen las autoridades, encontrar venta de alcohol a menores y venta de droga al menudeo.

Hasta aquí, las cosas son enteramente deseables. Aunque no es absolutamente nada nuevo que haya delitos en los antros de la Ciudad de México (o del resto del País, o del mundo), las autoridades no pueden o no quieren actuar en consecuencia.

No puedo decir que ignoro el por qué. Es imposible que un gobierno, cualquiera que sea, opere en un lugar en donde la delincuencia en todas sus índoles está metida en el código mismo de la sociedad sin hacer ciertas concesiones o hasta tratos con los delincuentes. No es lo deseable, pero es lo posible, en términos del perverso imaginario político mexicano.

El verdadero problema degeneró en lo que ya conocemos: un operativo muy mal planeado, policías que abusaron de una autoridad incorrectamente aplicada, burlones y violentos y un gobierno incapaz de asumir las responsabilidades correctamente.

Esa fue una breve reseña para quien no conozca el problema que hubo en el antro (y que posiblemente viva debajo de una piedra, pero este es un espacio de opinión, no de periodismo y en realidad hay bastante que pensar aquí.

Reitero ad nauseam lo que he dicho: los seres humanos somos animales coyunturales. Todos sabemos que esa clase de cosas pasan de manera cotidiana en ambientes cercanos a nosotros, pero se requiere una tragedia (y su correspondiente cobertura mediática) para que nos preocupemos por ello.

Es realmente aplaudible que la opinión pública generalizada se haya enfocado en una línea primordialmente: la del abuso, asesinato y maltrato a los jóvenes. En cuanto sucedió eso, supuse por un momento dos posibles escenarios que no son totalmente excluyentes: que la opinión pública se centrara en linchar a los policías o que la opinión pública fuera directamente con el jefe de ellos: Marcelo “el caballo amarillo” Ebrard.

Tengo que reconocer una cosa de Ebrard y es que es un animal político como pocos. Es cierto que su asunción al poder del D.F. tuvo mucho que ver con su padre político, López, pero también es cierto que en los últimos tiempos ha separado su actividad política (ojo, no su discurso) de las líneas de AMLO, muy posiblemente por tener aspiraciones presidenciales.

Cada regla tiene una excepción. El linchamiento discursivo a la policía efectivamente sucedió. Para el otro día, todos los noticieros mostraban imágenes de policías haciendo cercos, utilizando el poder de la cámara para dejar los bandos de las víctimas y los victimarios muy claros. Eventualmente iba a tener que llegar el momento de rendición de cuentas.

Ese fin de semana, el Gobierno del DF se mostró muy tibio. Posiblemente no habían medido la magnitud política (y social, claro) del asunto. El miércoles pidió licencia el delegado de la Gustavo A Madero, Chiguil (quien un día antes había ido a la Asamblea de Representantes con todo y porra apoyándolo, lo cual estuvo del ídem) y para la tarde Marcelito había pasado un buen tiempo ya en encerrona con sus más cercanos.

Usando la lógica del político que busca un hueso mucho mayor en 3 años y cacho, pensaría que Marcelo iba a sacrificar a su amigo, compadre y correligionario (no por perredista, sino por lopizta) Joel Ortega. No fue así.

Durante el gobierno de López Obrador en la capital, hubo un incidente de linchamiento mediático (y en ese caso, también literal) hacia la policía cuando el mismo Ebrard era jefe de Seguridad Pública. López Obrador eligió dar una reprimenda verbal (me imagino unas nalgadas de un padre condescendiente a un hijo que no escuchó el sermón) y Fox decidió usar las atribuciones del Presidente sobre el secretario de seguridad pública local, que son absurdas a mi parecer, para destituir a Marcelito de su posición. López decidió cambiarlo de secretaría, dejándolo bajo su protección política.

Al parecer lo que bien se aprende, no se olvida.

La respuesta lógica sería que Calderón retirara a Ortega de su puesto, sin embargo, hay matices que podrían variar la rapidez de esa decisión (ya que no dudo que lo haga eventualmente).

Posiblemente el Chaparrito Pelón de Lentes espere a que el GDF sufra todas las consecuencias de la furia de los medios (2 semanas como máximo, las notas se vuelven viejas eventualmente) y después destituya a Ortega. Actuar en este momento podría ser visto como una provocación, injerencia y violencia hacia el gobierno favorito de la disidencia mexicana. Dejar que las cosas reposen podría servir para debilitar a ese mismo gobierno.

La otra opción, menos posible y políticamente más arriesgada, es que FCH no se meta con el problema, lo maneje a nivel oficial pero no tome acción. No sería particularmente sabio ya que la opinión pública lo podría considerar debilidad, cosa que los Lopiztas serían muy prestos a utilizar. Por otro lado, un correcto cálculo político y unos discursos bien planeados sobre la inseguridad podrían suponer una comparación entre un gobierno de un color y otro.

Es indisoluble este asunto, para bien o para mal, que estamos a un año de las elecciones intermedias. Este será el momento en que los amarillos y los azules pueden hacer su último movimiento para engatuzar al electorado con su idea de nación. La violencia es la mayor preocupación del grueso de los mexicanos. Quien logre resolver este conflicto a su favor, tendrá una palanca importante para la elección de 2009.

…Aunque eso no significa que alguno de ellos vaya a salir como el auténtico ganón, pero esa (en palabras de la Nana Goya), es otra historia.